sábado, 16 de octubre de 2010

El mar... mi mar...


Hacía días que no veía el mar de cerca. Solo desde mi ventana, ese semicírculo mojado al que tanto amo. Hoy me he armado de valor y, poco a poco, muy poquito a poco porque aún me duelen las heridas, me he acercado a mi mar. Al ver que estaba tan calmado, nada que ver con el mar bravío de días atrás, me he atrevido a acercarme hasta acariciarlo con los pies. Él ha respondido a mis caricias besándolos una y otra vez con calma, con esa calma que alimenta el alma. Sin embargo, de pronto le ha cogido un arrebato y su lengua se ha colado por debajo de mi falda hasta lamerme los orígenes con pasión. He sentido un dulce cosquilleo por todo el cuerpo, como cuando a los treces años me besaron en la boca por primera vez, pero no he podido corresponder a sus muestras de cariño porque he tenido que volver (iba a decir rauda y veloz pero no es cierto), a casa a lavarme, volver a desinfectarme la herida y cambiarme de ropa. Ahora estoy bien, donde de momento debo estar, limpia, tranquila y mirando a mi amor desde lejos hasta que me recupere y pueda volver a tirarme en sus brazos.
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Datos personales

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Soy buena gente. Admiro por encima de todo a las personas capaces de ayudar a los demás y después la inteligencia. Detesto a quienes creen estar por encima de otros o de vuelta de todo. Mantengo viva a la niña que fui porque no hay mayor tristeza que olvidarnos de nosotros mismos. Somos lo que somos, producto de lo que fuimos. Nada más, que no es poco.